Juego de Tronos


¿Es realmente Juego de Tronos una lección de política actual?

Vivimos en una época de revoluciones, de pueblos que han conquistado su libertad frente a los ejércitos más poderosos. Nuestra época es nueva en la historia y no se puede mirar el mundo honestamente sin transmitir esa enorme verdad. Son los pueblos organizados y no los nuevos reyes y caudillos quienes escriben este siglo lleno de derrotas y de victorias. Juego de Tronos, la serie de la que más se habla mira al pasado.

La popular serie de novelas de capa y espada creada por George R. R. Martin con el título Canción de hielo y fuego rebautizada por HBO como Juego de Tronos dibuja un mundo fantástico de aire medieval. Inspirada en la Edad Media anglosajona la serie cuenta la guerra de las familias Stark, Lannister y Targaryen por el trono de hierro. Mientras, la Guardia Nocturna inspirada en órdenes militares como los templarios lucha contra seres sobrenaturales. En el Este los dhokaris dirigidos por Daenerys Targaryen, una cultura de guerreros nómadas con claras referencias a los hunos y el imperio mongol avanzan amenazando a Poniente. Tormentas de espadas, danzas de dragones, nuevas aventuras y personajes se entrecruzan en cada nueva temporada dibujando un atlas fantástico. 

Aunque ambientada en la Edad Media en el ficticio continente de Poniente muchos leen Juego de Tronos como un manual de política actual. Reyes, príncipes y caudillos son los protagonistas de la serie preferida de Pablo Iglesias. En Juego de Tronos reyes déspotas y locos, borrachos de poder se enfrentan a reyes justos y legítimos herederos. Hijas de nobles liberan esclavos caracterizados como bárbaros. Todos pugnan por el trono de hierro y pelean para reinar. Anuncian una nueva época, la nueva pax, pero solo es un nuevo reinado en el que los esclavos seguirán siendo esclavos bajo nuevas formas. A Rey muerto Rey puesto dicen.

Todo para el pueblo pero sin el pueblo

Ningún personaje siquiera secundario en Juego de Tronos representa el aliento del pueblo. No han sido las conspiraciones y las intrigas las que han hecho girar el mundo en este siglo. ¿Como contar la aventura de este siglo sin sus protagonistas? En Juego de Tronos todo se decide en palacio o en la guerra. “La Rompedora de cadenas” es el titulo de Daenerys  por liberar a los llamados inmaculados, unos esclavos -soldados de élite con los que conquistar Poniente. Pero ¿es el personaje de la blanca Khaleeshi, de noble linaje, besada por el fuego, la que liberará a los replicantes? Pura fantasía, en nuestro siglo son los Aurelianos Buendía los que se liberan a sí mismos sin necesidad de dragones.

El género fantástico sirve en Juego de Tronos como escaparate de una galería de reyes ilustres, grandes estrategas, maquiavelicos príncipes, valientes caudillos… Pero los héroes modernos son anti héroes. Ya no son hijos de reyes ni están bendecidos con poderes sobrenaturales ni grandes dones. Son héroes sudorosos, polvorientos sin un pensamiento político estructurado pero que perviven en la gesta de sus luchas.

La HBO saca musculo con esta gran superproducción. La gigantesca maquinaria de propaganda de Hollywood funciona pero el guión no. Y no solo por los forzados giros de guión sino porque la historia resulta maniquea.

Maniquea no porque los personajes no estén bien escritos o resulten contradictorios sino porque solo habla de las gestas o depravaciones de los príncipes sin que las clases  para las que reinan ni los intereses que les mueven aparezcan  ni en el guión ni entrelineas.

Vivimos en un siglo en el que consciente o inconscientemente hemos aprendido a mirar desde otro ángulo el mundo. Pero Hollywood no puede mirar más allá y parece ser que los actuales politólogos que ven en Juego de Tronos una metáfora de los actuales cambios políticos tampoco. Un error muy frecuente en los jugadores de ajedrez que están aprendiendo a jugar es despreciar a los peones. Pero un error todavía mayor es creer que la vida es una partida de ajedrez.

Ganar o morir es el grito de guerra de Juego de Tronos. La cultura norteamericana venera la ética del vencedor. Pero desde el cine de John Houston hasta la Internacional la épica del fracaso es el himno de todos los pueblos que luchan por la revolución, de todos los naciones que luchan por su liberación y de todos los países que luchan por su independencia.  Luchas que en este siglo no han descansado a pesar de la inmensidad de sus objetivos ni de la ferocidad de sus enemigos.

¿La sombra de Shakespeare?

Toda la critica coincide en la influencia de la obra Enrique VI de Shakespeare sobre la Guerra de las Dos Rosas sobre  Juego de Tronos . En la obra  Shakespeare  se inspira en el enfrentamiento durante el siglo XV entre los Lancaster y los York que se resolvió con una nueva familia reinante, los Tudor.  Es verdad que la trama de Enrique VI recuerda mucho a la primera temporada de Juego de Tronos en la que tras la guerra , el usurpador Robert Baratheon expulsó del trono de Hierro a los Targaryen y se proclamo rey de los Siete Reinos. Pero ¿es posible reducir la obra de Shakespeare a un culebrón de intrigas ,conspiraciones y vendettas?

Juego de Tronos se queda en las formas. La compleja trama que se puede resumir en el enfrentamiento entre reyes déspotas que usurpan el poder y reyes justos legítimos herederos del Trono de Hierro esta en las antípodas de la obra de Shakespeare.

Shakespeare nos enseña en Julio Cesar que por el contrario lo esencial no es el régimen -más democrático o más autoritario- sino las relaciones de poder-de clase- mucho más profundas y brutales.

Julio Cesar  abre con una escena donde los nobles romanos desalojan a comerciantes y artesanos  de la fiesta oficial para recibir al Cesar. Trazando desde la primera escena una linea de demarcación de clase. La obra no trata de las reivindicaciones de la mayoría pues , esta ha sido expulsada desde la primera escena. Y sólo reaparecerán para ocupar un papel subalterno, al servicio de una u otra fracción de clase. La pugna entre patricios y plebeyos , la disputa entre los clanes de la alta nobleza, e incluso la rebelión de los esclavos  obligan a concentrar el poder en la figura de un dictador, Cesar. Detrás del argumento central de esta obra están los más agudos conflictos de clase de la época genialmente sintetizados por la intuición de Shakespeare.

Shakespeare no permite que el filo del retrato del poder se diluya en la simplicidad de la dicotomía entre dictadura o república. Julio Cesar nos enseña que el poder sólo puede nacer del asesinato primigenio, la única forma de que una minoría robe la libertad a una mayoría y cómo inevitable reverso de todo poder usurpado, lleva en sí mismo la semilla de la autodestrucción.

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