Rusia: de superpotencia a rival fuera de control


      La caída del Muro de Berlín y la posterior desaparición de la URSS, como decíamos en el capítulo anterior, alteró radicalmente el mundo tal y como se había conocido hasta entonces. Una superpotencia que durante décadas había estado luchando por el dominio mundial se venía estrepitosamente abajo. Y en su lugar emergía una potencia imperialista -la actual Rusia de Putin- como rival menor de la hegemonía norteamericana, pero cada vez más fuera de su control.

Cuando a mitad del verano de 1989 comienzan a llegar a Alemania Oriental las noticias de que a través de la frontera húngara, miles de habitantes del bloque oriental están pudiendo acceder a Austria sin los controles, limitaciones y restricciones habituales del entonces llamado “telón de acero”, la agitación se adueña del país. En una especie de éxodo espontáneo, decenas de miles de alemanes orientales se dirigen, cruzando Checoslovaquia, a pasar sus vacaciones de verano en Hungría con la esperanza de que a ellos se les permita también cruzar la frontera sin cortapisas.
Y efectivamente, así es. Las autoridades húngaras, las más cercanas y comprometidas con las reformas y la apertura que Gorbachov está impulsando, han tomado la decisión de no entorpecer ni impedir los movimientos de personas a través de sus pasos fronterizos con Austria. En poco tiempo, las autoridades checoslovacas, posiblemente también con la autorización del Kremlin, toman la misma decisión. Y el movimiento se hace entonces imparable.
Los dirigentes de Alemania Oriental, sorprendidos y emparedados entre el visto bueno de Moscú a la apertura de fronteras y la enorme presión popular que se desata, se ven obligados el 9 de noviembre de 1989 a declarar el paso libre por el Muro de Berlín. La oleada de berlineses que al oír la noticia se precipitan sobre los “chek-point” del Muro hace infructuosos los intentos de los guardias por detenerla. Esa misma noche, las piquetas empiezan a derribar el Muro.

La URRS se deshace
La caída del Muro de Berlín, y la forma tan abrupta e imprevisible como lo hizo, son incomprensibles sin la política establecida por Gorbachov y un núcleo dirigente del PCUS, la nomenklatura soviética, que ya desde mediados de los años 80 son conscientes que la economía soviética está afectada por una profunda necrosis que la conduce al hundimiento a no ser que se tomen medidas rápidas y contundentes.
Medidas económicas que a su vez exigían también medidas de liberalización política. Era necesario abrir el puño de hierro de la dictadura socialfascista en que se había transformado la URSS para que las reformas económicas tuvieran éxito. Nadie pudo prever entonces las consecuencias de esta política, y las reacciones a ella dentro de la misma clase dominante soviética. Y que acabarían con el desmoronamiento de la URSS tras el intento de golpe de Estado del verano de 1991 y su posterior fracaso.

Tras el golpe de Estado de 1991, la URSS dejaba de ser una superpotencia con la voluntad y la capacidad de disputar la hegemonía mundial

De repente, y en el breve transcurso de 2 años -un tiempo ínfimo medido en términos históricos-, el mundo pasaba a enfrentarse a un escenario completamente nuevo y radicalmente distinto al que había imperado durante décadas.
Desde comienzos de los años 50, el mundo había estado sumido en la llamada Guerra Fría. Y que no era sino la forma en que había convenido en denominarse la disputa entre las dos grandes superpotencias por hacerse con la hegemonía, con la supremacía mundial. Era guerra porque, a través de peones interpuestos, EEUU y la URSS libraban múltiples conflictos militares en todos los rincones del globo para sumar (o mantener) países y gobiernos a su bando. Y era fría porque el enfrentamiento, pese a todos los momentos de máxima tensión entre ambas superpotencias (crisis de los misiles en Cuba, instalación de misiles Pershing y Cruisse en Europa occidental, derribo del avión surcoreano en el espacio aéreo soviético,…), tenía el límite estricto de evitar la confrontación militar directa y a gran escala entre ellas.
Este marco que había determinado y decidido la situación del mundo desde hacía 40 años es el que se venía abajo definitiva e irreversiblemente cuando el 8 de diciembre de 1991 las tres Repúblicas eslavas de la URSS -Rusia, Bielorrusia y Ucrania- declaraban la URSS disuelta. La Guerra Fría había concluido y la URSS dejaba de ser una superpotencia con la voluntad y la capacidad de disputar la hegemonía mundial.


Una turbulenta transición

                                                                    De Yeltsin a Putin
Los cerca de 10 años que siguen a la desaparición de la URSS son para su principal heredera, la Rusia de Yeltsin, un período de frenéticas turbulencia en el interior y de gigantescos retrocesos en el exterior.

En el interior, el proceso de privatización jurídica de los grandes monopolios estatales conduce a una guerra sin cuartel entre los antiguos jerarcas del PCUS, los nuevos oligarcas surgidos de los estratos medios de la nomenklatura y las grandes multinacionales extranjeras que aspiran a hacerse con una parte significativa de las principales fuentes de riqueza de la antigua economía soviética. A lo largo de casi una década -hasta el año 2000 con la llegada de Putin a la presidencia-, Rusia se consume en medio de la corrupción galopante y la emergencia de mafias descontroladas de todo tipo.
En el exterior, Rusia, que había intentado mantener a las antiguas repúblicas soviéticas en una difusa fórmula de federación cooperativa -la CEI o Comunidad de Estados Independientes- y mantener de alguna manera a los países de Europa Oriental en su esfera de influencia, ve como, uno tras otro, la mayoría de ellos pasan a alinearse abierta e incondicionalmente con EEUU, bien solicitando su inclusión en la OTAN (Polonia, Checoslovaquia, Hungria, Lituania, Estonia, Letonia, Rumania, Bulgaría,…), bien llegando a acuerdos directamente con Washington (Georgia, Azerbaiyán, Kirzguistán, Uzbekistán,…)
En apenas unos años, Moscú ha pasado de ser una inquietante amenaza militar para Europa Occidental a verse rodeada militarmente por sus antiguos adversarios, cuya penetración y bases militares llegan ahora hasta las mismas fronteras rusas en el Báltico y a la periferia eslava más inmediata.
Los intentos de una parte de la antigua nomenklatura soviética -nucleadas en torno a Boris Yeltsin- de reconducir el antiguo capitalismo monopolista burocrático de Estado hacia un tipo de capitalismo liberal asimilable al de occidente terminan en un estrepitoso fracaso, al hundimiento más absoluto de la economía rusa y a un empobrecimiento desconocido de gran parte de la población.
La respuesta a este caos ingobernable vendrá de la mano de otro sector de la antigua nomenklatura. Bajo el liderazgo de Putin -un antiguo coronel de la KGB-, un influyente sector de los antiguos aparatos de Estado con base en la capital económica del país, San Petesburgo, toman la dirección de la nueva Rusia tras las elecciones presidenciales del año 2000.
Con “mano de hierro”, la línea y el círculo de Putin ponen rápidamente “orden” en el caos reinante. Los nuevos oligarcas enriquecidos con las privatizaciones deberán someterse al Kremlin o, de lo contrario, su destino será la cárcel, el exilio o el asesinato. Altos funcionarios del Estado fieles a Putin toman la dirección de muchos de los principales monopolios del país, entre ellos los del clave sector energético. La guerra de Chechenia se acalla a sangre y fuego. A la “rebelde” Georgia se le provocan conflictos territoriales bélicos.
De forma segura e implacable, a medida que la línea de Putin se consolida en el interior, cada vez está en mejores condiciones para hacer frente a los intentos norteamericanos de seguir penetrando en las históricas “esferas de influencia” de Rusia con el objetivo de aislarla de Europa y dejarla convertida en una potencia asiática.
Las guerras de Afganistán e Irak -con el profundo desgaste que suponen para EEUU- dan la oportunidad a Putin de recomponer parte del antiguo peso internacional de Rusia. A cada fracaso y retroceso yanqui, las medidas de Putin se tornan más audaces, hasta convertirse en un rival menor, pero dotado de un armamento nuclear considerable, de cierto peso internacional y, sobre todo, fuera del control de Washington.

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