Las derivas de un naufragio


La caída del Muro de Berlín, símbolo y antecedente de la inmediata implosión de la URSS, alteró radicalmente el mundo tal y como se había conocido hasta entonces.

Cambiando para siempre Berlín, Alemania, Europa y el mundo. Sus consecuencias, a modo del tsunami que sigue a un gran terremoto en el océano, siguen teniendo unos efectos de primer orden en el mundo de hoy, 25 años después.
En contra de lo que muchos esperaban, la victoria norteamericana en la Guerra Fría ha traído como consecuencia una exacerbada aceleración de su su declive hasta el punto de que hoy podemos hablar ya de que ha entrado en su ocaso imperial.

La URSS desapareció, pero en su lugar hoy nos encontramos con una Rusia que, bajo la férrea dirección de Putin, se ha transformado en un rival imperialista fuera de control. La nueva Alemania reunificada que surgió de la caída del Muro estamos viendo como ha retomado sus viejos planes expansionistas dirigidos a hegemonizar Europa.

Y los ‘restos del naufragio’ de la izquierda vinculada, en mayor o menor medida al social-imperialismo soviético todavía lloran su pérdida y han rebajado su programa y alternativas al nivel de un programa de tipo socialdemócrata porque mientras hace 25 años, como dice Pablo Iglesias, “en términos geopolíticos en el mundo se podían imaginar posibilidades de transformación más interesantes cuando existía la dinámica de lo bloques”, hoy la desaparición del monstruo social-fascista que fue la URSS les ha dejado huérfanos de referentes.

La victoria norteamericana acelera su declive

La vieja superpotencia norteamericana ha conocido en tan sólo 25 años un declive sin precedentes en su historia

EEUU salió victorioso de la Guerra Fría que mantuvo durante décadas con la superpotencia soviética por la supremacía imperialista mundial. Pero al coste de quedar exhausta. Cuando estrategas y analistas occidentales pensaban que tras su victoria, EEUU se iba a convertir en la “híperpotencia” y que el siglo XXI sería “un siglo americano”, la realidad tardó poco en echar por tierra estas ensoñaciones.

En la década de los 90, Bill Clinton trató de poner remedio a un hecho insólito creado durante los anteriores años de Guerra Fría por la política de contención de la URSS y rearme acelerado con el proyecto de Guerra de las Galaxias ideado por Reagan. EEUU, la gran y única superpotencia restante, había pasado de ser el mayor acreedor del mundo, el gran exportador de capitales a medio mundo a convertirse en el mayor deudor, con diferencia, del planeta. Su política, sin embargo, chocó con dos barreras infranqueables.
En primer lugar, el estallido de la enorme burbuja especulativa levantada en torno a las puntocom, las empresas de alta tecnología de la información y la comunicación. La aplicación a la economía productiva de muchos de los enormes avances tecnológicos desarrollados por EEUU durante la Guerra Fría, permitió un despegue sideral de la economía norteamericana y una expansión de sus nuevos productos de alta tecnología para el consumo en todo el planeta. La caída del muro que impedía su expansión en el antiguo glacis soviético, sumado a la aceleración de la política de reforma y apertura por parte de China dispararon el negocio, abriendo un nuevo e inmenso mercado a sus mercancías.
Pero como inevitablemente acaba ocurriendo siempre en el capitalismo, el fulgurante desarrollo de estas ramas de la producción, que año tras año proporcionaban unos beneficios inalcanzables por cualquier otro sector, condujeron a tal acumulación de capitales en torno a las empresas de nuevas tecnologías que pronto acabó estallando la burbuja especulativa creada a su alrededor.
Al mismo tiempo, en el terreno político-militar, los sectores de la clase dominante yanqui más vinculados al complejo militar-industrial, los clásicos halcones de la política exterior norteamericana, exigían hacer valer el peso de su nuevo estatus como única superpotencia para imponer por todo el globo un nuevo orden mundial.
Orden en el que la política de expansión de la democracia y los derechos humanos seguida por Clinton para acceder a las nuevas áreas de dominio que había dejado libres la implosión de la URSS les resultaba tan lenta como insuficiente. Y para el que tenían una alternativa, que bien podría considerarse, vistos sus resultados 15 años después, como la “alternativa del diablo” para la superpotencia.

EEUU se lanza al aventurerismo militar
Acabar con la línea Clinton y lanzarse a construir este nuevo orden mundial recurriendo a la incontestable superioridad militar de EEUU exigía, previamente, cambiar la correlación de fuerza interna para, después, lanzarse a ‘modelar’ el mundo de acuerdo a la nueva situación donde la caída de la URSS había dejado el ‘campo libre’ a Washington.
Para lo primero tuvieron que recurrir a una especie de golpe de Estado jurídico, dando validez a unas votaciones en Florida -que inclinaban la balanza a favor de Bush hijo- a todas luces fraudulentas.
Para lo segundo recurrieron a, o dejaron que ocurriera, el 11-S, los atentados de las Torres Gemelas. “Un evento catastrófico y catalizador, como un nuevo Pearl Harbor”, tal y como lo había definido unos pocos años antes el documento ‘Reconstruyendo las defensas de EEUU’ de la organización “Proyecto para un Nuevo Siglo Americano”, de la que formaban parte personajes que ahora ocupaban puestos claves en el gobierno de Bush hijo como Dick Cheney (vicepresidente) y Donald Rumsfeld (secretario de Defensa).
Sin ese evento “ catastrófico y catalizador” era imposible “movilizar un consenso amplio y sostenible” a favor de la intervención militar exterior de EEUU, algo que ya el gran estratega de la estrategia imperial de EEUU, Zgnieb Bzrezinski, había fijado años antes.
Sin embargo, como ya ocurrió décadas atrás en Vietnam, decirlo era más fácil que hacerlo. Y la aventurera, agresiva y expansionista línea de Bush hijo no sólo se enfrentó al planeta entero, sino que cosechó dos estrepitosos fracasos militares en Irak y Afganistán.
Mientras los fracasos militares de EEUU se unían al estallido de una nueva crisis, de dimensiones sólo comparables a la Gran Depresión de 1929, desatada tras la caída de Lehman Brothers en octubre de 2008, las nuevas potencias emergentes, unidas en el grupo BRIC, que habían surgido al calor de la globalización aprovecharon la primera década del nuevo siglo para dar un salto gigantesco en su desarrollo económico y su fortaleza política.
Por primera vez en la larga historia del imperialismo, un grupo de países del Tercer Mundo, antiguas colonias de las grandes potencias, desarrollaban de tal forma su propio camino de desarrollo, que habían logrado poner en cuestión la vieja distribución del poder económico mundial.
Lo que el 9 de noviembre de 1989 parecía como el advenimiento de una nueva era, en la que el mundo iba a vivir por largas décadas bajo el dominio de una única superpotencia, se había transformado en su contrario.
La vieja superpotencia norteamericana había conocido en tan sólo 25 años un declive sin precedentes en su historia y se enfrentaba a su ocaso imperial ante el empuje de los pueblos y el desarrollo de las nuevas potencias emergentes. Un efecto nunca previsto por aquellos que durante décadas creyeron que la caída de su rival les iba a abrir las puertas para el nuevo imperio de los mil años.

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