Alemania renace y se lanza a la hegemonía en Europa


Si la caída del Muro significa el principio del fin para la Unión Soviética, para Alemania supone, por el contrario, el relanzamiento de su condición de primera potencia imperialista europea. Con una rapidez y una habilidad política inimaginable entonces, el gobierno de Helmut Kohl consigue en apenas unos meses -y con la oposición de EEUU, Francia, la URRS e Inglaterra- la reunificación del país.

Sólo dos semanas después de la caída del Muro, el canciller Helmut Kohl anuncia en el Bundestag su hoja de ruta para la reunificación alemana. Un Programa de Diez Puntos con el que trata de facilitar el proceso de transición democrática en Alemania Oriental, crear una serie de estructuras de tipo confederal entre ambos Estados y proclamar el fin último de conseguir la unidad alemana.
Desde entonces, noviembre de 1989, los acontecimientos se precipitan a una velocidad de vértigo.
En diciembre cambia el gobierno de Alemania Oriental y se convocan elecciones pluripartidistas para marzo de 1990.
En enero de ese año, los dirigentes del Partido Social Demócrata de Alemania Occidental proponen la implantación de una unión monetaria efectiva con el fin ulterior de asimilar la economía de la RDA a la germano occidental. Kohl les toma rápidamente la palabra y, tras meses de arduas controversias y negociaciones, el marco alemán pasa a ser la moneda de la RDA, en un cambio paritario de1 a 1 con la antigua moneda germano oriental.
En Europa, EEUU y la URSS, todas las potencias comparten la posición manifestada por el presidente francés, Miterrand, cuando al finalizar una entrevista con Kohl afirma tajante: “la reunificación alemana no está a la orden del día y tardará varios años”.
Pero eso no es exactamente lo que tienen en mente la clase dominante alemana y sus representantes políticos, que en una frenética y agotadora sucesión de negociaciones con los líderes de Alemania Oriental están cerrando todos los flecos necesarios para proceder a una reunificación inmediata.
La primera en percatarse de ello es la entonces primera ministra británica, Margaret Tatcher, que alarmada insiste al presidente norteamericano, Bush padre, en detener ese movimiento.

 Con una rapidez inimaginable, Helmut Kohl consigue en unos meses -y con la oposición de EEUU, Francia, la URRS e Inglaterra- la reunificación del país

“Alemania se convertirá en el Japón de Europa, pero peor. El presidente francés está de acuerdo conmigo respecto a que los alemanes pacíficamente lograrán lo que Hitler no alcanzó en la guerra. Sr. Presidente, sugiero la permanencia indefinida de las tropas soviéticas en Alemania; ello nos permitiría mejorar nuestras relaciones con Gorbachov y a la vez controlaremos a los alemanes”.
Sin embargo, la determinación y la voluntad de Kohl y su equipo dirigente son imparables. En febrero de 1990, y tras negociarlo previamente con los líderes de Alemania Oriental y obtener el nihil obstat de Gorbachov con la promesa de una sustanciosa ayuda económica alemana a la URSS, Kohl se reúne con Bush en Camp David y consigue su aprobación a la reunificación a cambio del compromiso de que la nueva Alemania reunificada permanecerá en la OTAN y de que reconocerá el establecimiento de las fronteras definitivas entre Polonia y Alemania en la línea Oder-Neisse.
Las cartas están echadas, y en septiembre de 1990 las potencias vencedoras de la IIª Guerra Mundial acuerdan la firma del Tratado Dos más Cuatro en Moscú que abre definitivamente las puertas a la reunificación alemana. Sus puntos decisivos son:
-La jurisdicción de la Alemania unificada, a partir de la entrada en vigor del tratado, abarca el territorio de las antiguas RFA y RDA, incluyendo las cuatro zonas de ocupación en Berlín.
-La ocupación cuatripartita en Berlín expira al entrar en vigor el tratado.
-Las fronteras existentes de la Alemania unificada son definitivas. El Estado alemán no podrá reclamar territorios al este de la línea Oder-Neisse, ni aquellos perdidos al término de la Segunda Guerra Mundial.
-El Estado alemán renuncia a la posesión de armas de destrucción masiva.
-El ejército alemán, la Bundeswehr deberá reducir sus efectivos desde 500.000 a 370.000 soldados. Las tropas soviéticas instaladas en la antigua RDA serán retiradas pacíficamente en un plazo máximo de tres años.
-En el territorio de la antigua RDA no podrán almacenarse armas de destrucción masiva ni podrá ser ocupada por ejércitos extranjeros.
-Las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial restituirán la soberanía al Estado alemán.
-Se permite a los gobiernos de la RFA y la RDA reunificarse de acuerdo al preámbulo y al artículo 23 de la Constitución de Alemania Occidental.
El 3 de octubre de 1990, a las 12 de la noche se proclama frente al histórico edificio del Reischtag la reunificación de Alemania. Ha bastado apenas un año para que una Alemania dividida y ocupada por las cuatro potencias vencedoras se haya reunificado y recuperado su soberanía. Un nuevo actor de primer orden ha aparecido en el tablero europeo. Y sus consecuencias van a tener un hondo calado y ser de largo alcance.

De la Alemania europea a la Europa alemana

La reunificación alemana va a suponer un punto de inflexión en la distribución del poder entre las distintas potencias imperialistas en el tablero europeo. De un solo golpe, aparece una nueva potencia, con una fuerza muy superior a la de sus rivales europeos. Y dispuesta a llevar adelante, por otros medios, su viejo proyecto de hegemonizar el continente.

Una vez conseguida la reunificación, la burguesía alemana va a retomar su proyecto de hegemonía sobre Europa que nunca ha abandonado desde los tiempos de Bismarck.
Su carta de presentación la van a conocer, de una forma trágica, los pueblos europeos en los Balcanes.

 La burguesía monopolista alemana presiona a los dirigentes de Eslovenia y Croacia para azuzar las divisiones y conflictos que les enfrentan a Serbia

Tras la muerte en 1981 de Josip Broz Tito, el líder de la resistencia a los nazis en la Segunda Guerra Mundial, Yugoslavia se encuentra sometida a una intensa presión centrífuga entre las distintas nacionalidades que la componen. Antes incluso de la reunificación, la burguesía monopolista alemana ya ha tentado a los dirigentes de Eslovenia y Croacia para azuzar las divisiones y conflictos que les enfrentan a Serbia.
Pero es tras la reunificación cuando las maniobras y presiones de Alemania se multiplican. El ministro de Exteriores alemán, Hans Dietrich Genscher, promete a los dirigentes eslovenos y croatas que su país les reconocerá inmediatamente y les abrirá las puertas de la Unión Europea -a pesar de la oposición del resto de países de la UE- si proclaman su independencia de Yugoslavia. La promesa va acompañada de numerosas ayudas económicas directamente desde Bonn o a través de Austria.
La independencia de las dos repúblicas yugoslavas va a desatar una espiral de caos, desintegración, guerra y terror en la década de los 90 como no se había conocido en Europa desde 1945. Pero Alemania consigue su objetivo y pasa a convertir a Eslovenia y Croacia en poco más que protectorados alemanes, aunque sea a costa de decenas de miles de muertos y centenares de miles de desplazados y refugiados.
Un movimiento ensayado con éxito y que la nueva Alemania va a repetir sólo un año después propiciando la desintegración de Checoslovaquia, esta vez de forma pacífica y negociada, para absorber a Eslovaquia en su esfera directa de influencia. El viejo proyecto de las Waffen SS de Hitler, la Europa de los Pueblos, la división de los viejos Estados nacionales para construir sobre su fragmentación pequeños satélites capaces de situarse en la absorbente órbita alemana, reaparecen en la Europa de la década de los 90 tras la reunificación.
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