Tengo miedo torero


El pasado mes de enero fallecía en Santiago el escritor, cronista y artista visual chileno Pedro Lemebel, un grande de nuestras letras

Pedro Lemebel fue un artista excepcional en todos los sentidos. Su barroquismo lingüístico y su imaginería portentosa, que parecen importados del Caribe, son únicos en el marco de la literatura chilena, que nunca destacó por esos registros. Su exhibición y militancia gay tampoco tenían muchos precedentes en un país y una literatura fuertemente homofóbicos. Frecuentó la “crónica”, otro gran género hispanoamericano, que sin embargo no tenía muchos seguidores en Chile. En medio del gran silencio interior frente a la dictadura de muchos literatos y artistas, Lemebel fue un espíritu libre, indomable, permanentemente transgresor. Bolaño decía de él que no necesitaba escribir poesía “para ser uno de los mejores poetas de Chile”, y sentía por él una rendida admiración. Lemebel tenía esas cualidades que Bolaño admiraba especialmente en un escritor: valentía y hondura. “Nadie llega más hondo que Lemebel -decía-. Y, encima, por si fuera poco, Lamebel es valiente, es decir, sabe abrir los ojos en la oscuridad, en esos territorios en los que nadie se atreve a entrar”. 

Hijo de un humilde panadero, nació en 1952 en un barrio marginal de Santiago de Chile. Estudió en el Liceo Industrial de Hombres de La Legua, donde se enseñaba la forja de los metales y la carpintería, y cuyas clases el futuro escritor detestaba, pues era víctima de las burlas de sus demás compañeros. En la década de 1970, Lemebel ingresó a la Universidad de Chile, donde se tituló como profesor de Artes Plásticas. Comenzó a trabajar en 1979 en dos liceos periféricos de Santiago, siendo despedido de ambos en 1983, debido a su nada escondida homosexualidad. Luego de esta experiencia no volvió a ejercer la docencia, dedicándose de lleno a los talleres literarios. A principios de los años ochenta, comenzó a escribir sus primeros cuentos, con los que obtuvo ya algún premio.

Para Bolaño: “Nadie llega más hondo que Lemebel”

En 1986 se presentó en una reunión política de izquierdas en Estación Mapocho, vistiendo por primera vez sus zapatos con tacones y maquillado con el símbolo comunista de la hoz y el martillo cubriendo la parte izquierda de su cara. Allí leyó su manifiesto «Hablo por mi diferencia», un texto que mezcla cuento, crónica y poesía. Su acto de resistencia no encontró mucha comprensión en las filas del Partido Comunista de Chile. En 1987, junto a Francisco Casas, poeta, artista y por entonces estudiante de literatura, fundaron el dúo artístico Las Yeguas del Apocalipsis (cuyo nombre alude a los Jinetes del Apocalipsis del Nuevo Testamento). Este dúo de corte performático se caracterizó por sabotear lanzamientos de libros y exposiciones de arte, apareciéndose de manera sorpresiva y provocadora, instalándose en el país como un fenómeno de resistencia y contracultura.

Lemebel publicó a lo largo de su vida siete libros de crónicas, entre los que destacan “Loco afán: crónicas de sidario” (editado en España por Anagrama), “De perlas y cicatrices”, “Adiós mariquita linda” y “Háblame de amores”, lanzado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2012. Allí recibió los elogios de Carlos Monsiváis, el escritor mexicano considerado el principal valedor de la “nueva crónica latinoamericana”. Carlos Monsiváis asoció los criterios estéticos de Lemebel con los de Néstor Perlongher, Joaquín Hurtado, y en menor medida con Reinaldo Arenas, Severo Sarduy y Manuel Puig; con los tres primeros, por su «ira reivindicatoria», con Sarduy por su «experimentación radical» y con Puig por su «incorporación festiva y victoriosa de la sensibilidad proscrita». Para Monsiváis, en Lemebel y en todos estos autores, la homosexualidad no es una identidad artística sino una actitud literaria. Con Perlongher también comparte la escritura barroca, pero Lemebel no busca en ella un deslumbramiento en sí misma.

“Tengo miedo torero” es un verso de una canción de Sara Montiel

En 2001 Lemebel publicó su primera novela: Tengo miedo torero, una historia de amor en el Santiago de 1986, el año del atentado contra Pinochet. Un joven perteneciente al Frente Patriótico Manuel Rodríguez, que va a participar en la acción, vive una difícil, estrecha y curiosa relación sentimental con un gay que lo apoya (sin saberlo/sabiéndolo). Al final el plan fracasa y con él termina también la relación. “Tengo miedo torero” es un verso de una canción de Sara Montiel (que los protagonistas adoptan como coontrasela entre ellos), y refleja con exactitud el clima en que se vivía en Chile en aquellos años. La novela es un prodigio lingüístico, enriquecido con las numerosas voces que el narrador es capaz de poner en juego en el relato (incluidas las del propio dictador, o la de su mujer, encaprichada con los últimos modelos de Nina Ricci), y donde no faltan ni el sarcasmo ni el kitsch. Para la presentación del libro, Lemebel apareció vestido de rojo intenso y con un tocado de plumas, en una ceremonia con un amplio público constituido por seguidores, políticos, cineastas, periodistas, y muy pocos escritores. Esta obra estuvo más de un año entre los libros más vendidos de Chile y tuvo un gran reconocimiento internacional, siendo traducida al inglés, el francés y el italiano. En España fue publicada por Anagrama.

En los últimos años de su vida, Lemebel obtuvo numerosos reconocimientos y premios, y era invitado con frecuencia a ferias del libro y encuentros de escritores. Pero como afirmaba hace unos días el crítico Ignacio Echevarría (“El Cultural”): “El amuleto de Lemebel, lo que lo inmunizó contra los halagos del poder y de la fama, también contra “los humos arribistas del medio literario nacional”, fue la rabia. Esa rabia a la que él se refería como “la tinta de mi escritura”, una rabia “macerada y en espera de su pronta ebullición”. La memoria viva e implacable de su origen, de la pobreza y de los acosos sufridos, de los crímenes de la dictadura, de los abusos de los poderosos… todo eso, sin privarlo nunca de la alegría, lo mantuvo siempre alerta y combativo contra todo amago de olvido, de disimulo, de conciliación. “Un escritor no puede vivir tranquilo si abunda la miseria humana y el descampado trágico de la supervivencia”, declaraba en una reciente entrevista. “Aunque digan que este país superó la fonola tercermundista, la pobreza, confitada y disfrazada por la ropa americana, se siente, se vive, se la ama y se la odia”.

La lectura de Lemebel es sin duda una experiencia literaria excepcional. Cuando uno lo acaba de leer, no puede sino preguntarse cómo es que no lo leyó antes.

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