Lorca, el enigma sin fin (I)


 

A diferencia de otros gigantes de la literatura universal, Lorca no necesita de centenarios ni otras excusas fútiles para estar de permanente actualidad de uno a otro rincón del globo. El suyo es, podríamos decirlo así, un centenario continuo. Sin solución de continuidad, se extiende en el espacio y en el tiempo el interés, cuando no la pasión, por su obra.

Una obra, además, que rehuye y se escapa a cualquier encasillamiento literario, cultural o social. Es tal su caleidoscopismo que hasta los habitantes de un remoto poblado del África central, ninguno de los cuales posiblemente sabría situar en el mapa la patria de Lorca, intuyen y entienden su obra como algo propio, como si un hilo invisible uniera sus experiencias e impulsos más vitales con lo sentido y expresado por el poeta cuando concluye «Bodas de Sangre» haciendo decir a la madre: «Benditos sean los trigos, porque mis hijos están debajo de ellos; bendita sea la lluvia, porque moja la cara de los muertos. Bendito sea Dios, que nos tiende juntos para descansar».

Es tal el magnetismo que despide, que el propio Mishima, el mejor y más influyente escritor de la cultura japonesa contemporánea, irresistiblemente atraído por la poesía de Lorca, decide encerrarse para aprender la lengua española con objeto de leerlo en su idioma original sin más medios que la propia obra del poeta y la ayuda de un diccionario.

La obra de Lorca no tiene ningún «centro difusor», encargado de recordar, cada cierto tiempo, su existencia. Los especialistas de su obra se cuentan por miles. Pero quienes representan su teatro, profesionales o aficionados, multiplicarán por dos o tres dígitos esa cifra. Y ello por no hablar de sus lectores, para lo cual sería necesario contar la infinidad de ediciones de su obra poética, completa o fragmentada.
Pero hay un segundo enigma, porque Lorca no es sólo un universo en expansión continua. Constituye además un punto singular, lo que los científicos denominarían una singularidad del universo.

Si nos detenemos un instante en observar lo que unánimemente se considera figuras de la cultura universal, veremos como la aparición de esas figuras se corresponde, de forma exacta, con puntos de expansión históricos. Así, de la misma forma que Cervantes es inseparable del Imperio español –aun cuando sea ya en su período de decadencia– y de la explosión de vitalidad y energía que recorre la sociedad española en aquel siglo y medio, tampoco Shakespeare es comprensible sin la figura de la reina virgen Isabel I y el inicio de las turbulencias que llevarán a Inglaterra a liderar el mundo o Goethe y la filosofía clásica alemana no son explicables sin el foco de expansión que representa entonces la Prusia de Federico Guillermo I. También en nuestro siglo, si hiciéramos una selección de las diez figuras auténticamente imprescindibles de la literatura universal (Proust, Joyce, Faulkner, Thomas Mann,…) comprobaríamos cómo, independientemente del valor de sus respectivas obras, el tamaño se lo da también el «desde dónde» lo dicen: puntos de expansión económica, política, social,… y cultural.

Sólo dos de estas diez figuras son inexplicables: Lorca y Kafka. Kafka, situado en Checoslovaquia, una triste y opresiva periferia de un centro en expansión, la Alemania de entreguerras, particularmente absorbente. Lorca surgido en un medio vital en retroceso y decadente, cuando no en abierta descomposición como lo es la España del primer tercio del siglo XX. Sin embargo, y a diferencia de Kafka, cuya obra, por su propio contenido, tiene una trayectoria relativamente limitada, el alcance de Lorca es verdaderamente universal. Se dirige a todos y a todos impregna y hechiza. A nadie deja indiferente. Como una singularidad del universo, como el Big-Bang originario que expande la materia invisible del universo, que a la vez es su condición de existencia, en esto reside el segundo enigma de Lorca.

El enigma, en fin, de ser muchos rostros, muchas personas, sin ser ninguna en concreto, pero al mismo tiempo mostrando un perfil inexplicablemente definido
Por qué ¿de qué Lorca estamos hablando cuando hablamos de Lorca? ¿Del señorito andaluz de «Y yo me la llevé al río/creyendo que era mozuela pero tenía marido»? ¿Del Lorca homosexual de la «Oda a Walt Wilthman»? ¿Del Lorca revolucionario de «De la esfinge a la caja de caudales hay un hilo de oro que atraviesa el corazón de los niños pobres»? ¿Del Lorca surrealista de «Poeta en Nueva York»? ¿Del poeta popular del «Romancero Gitano»? ¿Del vanguardista autor de «El Público»? Otro elemento nuevo a sumar al enigma sin fin. Una persona que tiende a ser muchas personas y no es ninguna en concreto.

«Por las ramas del laurel/
vi dos palomas oscuras,/
la una era de sol/
y la otra era de luna./
La una era la otra/
y las dos eran ninguna».
También su poesía nos aboca al enigma.

Pero no sólo su poesía, también su propia concepción poética. Dice el mismo Lorca «la luz de la poesía es la contradicción (…) La poesía no quiere adeptos, sino amantes». Por eso «pone ramas de zarzamora y erizos de vidrio para que se hieran por su amor las manos que la buscan».
Atrevámonos pues a introducir las manos por esas ramas de zarzamora y esos erizos de vidrio. Y hagámoslo de la mejor forma posible: atreviéndonos a adelantar una hipótesis mixta que, cuanto menos, nos ayude a encontrar la dirección adecuada para empezar a entender el enigma de Lorca.
Por razones materiales de espacio y tiempo es imposible entrar a desgranar en este prólogo toda la amplia y compleja argumentación en que se basa tal hipótesis. En él no pretendemos más que dar inicio a la sucesión de capítulos en los que de forma paralela queremos ir avanzando las tesis y argumentos en que se sostiene esta hipótesis mixta Sí es necesario, sin embargo, señalar de antemano, siquiera sea sucintamente, algunos de ellos.

La hipótesis es fruto, en realidad, de observar la estrecha relación, la íntima unidad que guardan con la sustancia de la obra de Lorca las tesis de dos libros, tan extraordinariamente certeros como injustamente olvidados, que en principio no guardan ninguna relación entre sí.
Me estoy refiriendo, por un lado, a «Eros y Lorca» de Carlos Feal Deibe, un ensayo sobre una pequeña pero significativa parte de la obra de Lorca, analizada a través de la aplicación sistemática del psicoanálisis freudiano. Como afirma el autor en el prólogo: «el valor artístico de la obra de Lorca reside precisamente en esa transformación [se refiere a las transformaciones sufridas por el inconsciente para poder comunicarse y hacerse aceptable a la conciencia del autor y del lector o espectador], que de modo ejemplar se lleva a cabo al revestirse sus personajes de una categoría mítica (…) La expresión se eleva así del terreno de lo meramente individual al de lo humano universal. Donde me fue posible he desentrañado esa mitología, a la que la obra lorquiana debe sin duda gran parte de su hechizo».

Por otro, el libro «Iberos, vascos y otros pueblos mediterráneos», ensayo en el que, a través de las conclusiones ofrecidas por las últimas investigaciones en genética de poblaciones y lingüística comparada, los autores sostienen la tesis de que iberos (es decir, los habitantes de la península, incluyendo a vascos y portugueses), etruscos, sardos y cretenses tienen un origen común situado en los antiguos pobladores del Sáhara, disgregados tras su transformación, hace diez mil años, en un desierto. No sólo los marcadores genéticos comunes y el desciframiento de las lenguas íbera, tartesia, etrusca y minoica a través del vasco actual, sino los rasgos fundamentales de su cultura y de su peculiar visión del mundo avalan la tesis del tronco común.

Sorprendentemente, temas tan dispares encuentran en Lorca su nexo de unión. Así, Feal Deibe señala que si hay una presencia obsesiva en la obra de Lorca, ésta es la de la luna: una figura con un simbolismo complejo, pero en el que sobresale, por encima de todas, la significación de la luna como figura materna. Madre y amante se confunden en la luna en el universo poético lorquiano. “En el aire conmovido/ mueve la luna sus brazos/ y enseña, lúbrica y pura,/ sus senos de duro estaño”. Primer objeto del deseo del niño y por eso lúbrica, pero poseedora al mismo tiempo de todo el amor desinteresado y protector hacia él y por ello pura, la madre luna, nos revela en su dualidad, un primer aspecto: luna-madre-fecunda-nutricia pero también seductora y amante.

«La luna vino a la fragua/ con su polisón de nardos./ El niño la mira,/ mira el niño la está mirando». Pero al mismo tiempo, la luna también es muerte en Lorca. Así nos lo indica inmediatamente la segunda parte del mismo poema (Romance de la luna luna). La luna vino a la fragua a seducir al niño, sí, pero también para llevárselo. “Niño, déjame que baile./ Cuando vengan los gitanos,/ te encontrarán sobre el yunque/ con los ojillos cerrados». Propósito que consigue al final de la penúltima estrofa: «Por el cielo va la luna/ con un niño de la mano». Amor, deseo, vida, fecundidad y muerte coexisten, se sostienen mutuamente en una misma figura. Son dos aspectos de una misma cosa. Algo que queda expresado de forma terriblemente bella en «Danza da Lúa en Santiago», donde una madre es irresistiblemente atraída por la luna, que a sus ojos aparece sucesivamente como un hermoso galán, como un caballo de piedra, como un inmenso buey melancólico; mientras la hija le repite obsesivamente: «¡E a lúa! ¡E a lúa! Na quintana dos mortos».

Nada importa, para la intención poética, que los sexos en ambos poemas estén intercambiados. Lo sustancial es que el amor, la vida y la muerte se funden en una única presencia. La luna aparece como una deidad que es al mismo tiempo dueña del amor y de la vida, pero también de la muerte. Una muerte que sin embargo es, como veremos, anticipo de la vida futura, pues ambos aspectos coexisten en un todo único e inseparable y se transforman incesantemente la una en la otra.

Y es en la presencia constante en la obra de Lorca de esta diosa madre del universo donde hayamos el punto de conexión con «Vascos, iberos y otros pueblos mediterráneos». Al traducir numerosas inscripciones funerarias íberas, tartesias, etruscas o cretenses, los autores descubrieron la omnipresencia de una deidad, ATEAN-JUNE, en vasco literalmente «la señora [que está] en la puerta». Deidad que, precisamente, tiene idénticos atributos que los que Lorca confiere a la luna. Señora protectora, diosa de la fecundidad y del amor; pero al mismo tiempo guardiana de la puerta de las tumbas, señora de la oscuridad, es decir, de la muerte, hacia la que atrae y conduce a los hombres. Pero a la que al mismo tiempo éstos se encomiendan para que les ayude en la larga travesía de la muerte que dará lugar finalmente, por caminos desconocidos, a la resurrección de la vida tras la muerte. Todas las invocaciones y plegarias escritas en las lápidas mortuorias expresan esta misma concepción.

Es imposible extendernos más en esta presentación en señalar los múltiples aspectos en que se dan la mano la obra de Lorca con la presencia de esta diosa madre, de esta señora del universo, de esta señora de la puerta. Tan sólo señalar para concluirla, que quizá ese magnetismo, ese universo en expansión continua que es Lorca, se sustenta en que está hablándonos de la primera pulsión psíquica del, si se nos permite llamarlo así, inconsciente colectivo universal, desde el limo inicial donde se gesta, entre la semilla y la tierra, el origen de la civilización. Posiblemente, en ello resida, una de las claves para explicar el enigma de Lorca.

Ángel Lozano

 

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