El negocio del dolor


28En EEUU, el principal mercado farmacéutico del mundo, se está abriendo paso el repunte de la adicción a la heroína con la extensión de los analgésicos de la familia de los opiáceos. El número de nuevos consumidores de heroína ha aumentado casi un 60 por ciento en la última década.
La heroína ha pasado a ser la alternativa barata y accesible a los analgésicos más potentes, los opiáceos (derivados del opio). Estos fármacos requieren receta y, aun así, más de 15.000 personas mueren cada año por el abuso de estos analgésicos, según la Agencia norteamericana del medicamento (FDA).
En una ciudad como New York las muertes relacionadas por consumo de heroína aumentaron un 84 por ciento entre 2010 y 2012. El problema se ha extendido al extrarradio de las ciudades y al mundo rural.
El hilo conductor que lleva de la necesidad de tomar analgésicos a la adicción a la heroína puede ser medida en céntimos, en dólares o en euros. Euros que alguien acaba embolsándose a costa de la salud de otros.
La consecuencia de la prescripción “médica “de fármacos cada vez más agresivos junto con la disponibilidad de una droga barata ha sido el crecimiento de la adicción al caballo.
Otro conocido actor, en este caso de la pequeña pantalla, nos ofrece este otro lado del problema. Todos podemos recrear mentalmente la imagen del doctor House echando mano de sus pastillas para el dolor de su pierna. Su adicción a la Vicodina es el paradigma del abuso. No es el uso médico el que causa la adicción sino el abuso o mal uso.
Un frasco de Vicodina cuesta cerca de 140 dólares mientras que una dosis de heroína se puede conseguir en las calles por menos de diez dólares.
Las alarmas y llamadas de atención vienen de lejos. Los Servicios de Salud Mental y Abuso de Sustancias de Estados Unidos ya habían advertido de que el «salto» hacia la heroína era más sencillo entre quienes consumen calmantes, sobre todo cuando lo hacen sin control médico.
El consumo de fármacos opiáceos legales se disparó durante la década de 1990 y aumentaron los controles para su prescripción. Aún así, las sobredosis de analgésicos derivados del opio causan cada año 15.000 muertes en EEUU, casi cuatro veces más que en 1999 y tres veces más que la cocaína, heroína y todo el resto de drogas ilegales juntas.
Los opiáceos no causan adicción si se usan adecuadamente contra el dolor. Se recetan especialmente en pacientes con cáncer y a los que sufren dolores crónicos o intensos producto de una intervención.
Pero ha ocurrido algo parecido a los antibióticos en los ochenta. Se baja el listón y se sobre prescriben para beneficio de las industrias farmacéuticas, dedicadas como reconoció recientemente un alto ejecutivo de Bayer, a producir medicamentos para los que pueden pagarlas.
¿O es que alguien duda que las farmacéuticas utilizan todos los caminos, legales e ilegales, para conquistar sus objetivos?
Recientemente, la Comisión Europea ha multado a dos gigantes farmacéuticos, la norteamericana Johnson & Johnson, y la suiza Novartis por aprovecharse del sufrimiento de los pacientes con cáncer al pactar en 2005 que Novartis no sacaría al mercado un análogo barato de un analgésico opiáceo (Fentanyl) comercializado por la primera.
La compañía suiza aceptó el pacto porque lo que le pagó la norteamericana superaba sus expectativas de ingresos con el fármaco. Tanto es así, que el acuerdo se rompió año y medio después cuando un tercer laboratorio lanzó un análogo todavía más barato.
Si son capaces de esto, qué no harán para aumentar sus ventas. Los traficantes del dolor buscan rebasar las nuevas fronteras de beneficios permanentemente ampliando la clientela para sus drogas. Eso significa lanzar publicidad de que los analgésicos de venta libre son inocuos, pero también fomentar que los analgésicos con receta (los más potentes) sean usados de forma no tan estricta respecto a sus indicaciones originales.
Por último, la gran disponibilidad de heroína barata pone en el punto de mira las producciones récord que están cosechando los campos de opio de Afganistán.
No son baladíes las llamadas de atención por parte de los países vecinos, Rusia, Irán, Pakistán, China y la propia ONU.
Irán denuncia que “los gobiernos occidentales ven las drogas como un negocio lucrativo.” Irán es el país que más opio decomisa anualmente en todo el mundo porque es el núcleo desde el cual los grandes cárteles del narcotráfico mundial distribuyen la droga a los distintos continentes (especialmente Europa, Golfo Pérsico y ex república soviéticas).
Afganistán ingresa, según la ONU, unos 4.000 millones de dólares anuales, de los que una cuarta parte la reciben los cultivadores y el resto se la reparten las autoridades, diferentes grupos locales y traficantes encargados de su exportación.
El propio gobierno afgano ha denunciado las trabas de la OTAN a la destrucción de campos de cultivo. La OTAN se ha negado a trabajar conjuntamente con los países centroasiáticos. Realmente la intervención en el país no ha servido para transformar su estructura económica ya que su objetivo era dotarse de un enclave militar en una zona donde confluye la influencia de países emergentes como China o Rusia.
En países como Irán, la principal “bestia negra” regional para EEUU, se ha generado un enorme problema con 1,2 millones de yonkis, con el consiguiente cortejo de violencia, delitos comunes y enfermedades que dañan cualquier esfuerzo de desarrollo económico y social del país.
El papel de la heroína como un instrumento de intervención lo conocemos bien. En España, hace 30 años, la heroína mató a 25.000 personas por sobredosis, 30.000 tuvieron que tratarse de su adicción y 100.000 pasaron a engrosar las listas de seropositivos.
Hoy somos el segundo mercado farmacéutico mundial. La Sociedad Española de Toxicomanía ha detectado en los centro de atención de drogas más consumidores de heroína desde que empezó la crisis. Alerta que este aumento podría hacerse mucho más visible en cuatro o cinco años.
En plena crisis, el peligro de la adicción a la heroína está latente. ¿Nos llegará un nuevo tsunami desde las cloacas norteamericanas? Los mercaderes del dolor acechan.

Jordi Martínez

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