Brasil 2014, entre jogo bonito y negocio


La pasión de los brasileños por el fútbol no ha impedido que se hayan manifestado contra el despilfarro y la corrupción en la organización del Mundial Cuatro años después de Sudáfrica, nuevamente una potencia emergente miembro del club de los BRICS, Brasil, organiza el Mundial de fútbol, el evento deportivo que tras los Juegos Olímpicos más interés despierta en el mundo… y más dinero mueve. A lo largo de un mes las miradas de todo el planeta estarán puestas en el país carioca. El mayor espectáculo del mundo Visto globalmente, el fútbol es el mayor espectáculo de masas del mundo. Se dice que más de 1.000 millones de personas, una sexta parte de la población del planeta, lo juegan en todo el mundo, mientras la Federación Internacional de Fútbol Asociación afirma que 265 millones lo hacen de forma organizada en los 1,5 millones de equipos inscritos en las distintas categorías de las federaciones nacionales y regionales afiliadas directa o indirectamente a la FIFA. Hombres y mujeres, jóvenes, adultos y niños, sobre todo niños. Nadie escapa al hechizo del llamado deporte rey. Jugarlo no exige más que una explanada, dos porterías y un par de botas… y en ocasiones tan siquiera eso. Como deporte, quien tiene fuerza física intenta utilizarla para imponerse a los rivales, pero quien no la tenga usará de la técnica, la habilidad, la inteligencia o la velocidad para zafarse de ellos. En torno al fútbol se genera pasión y se crean identidades colectivas en las que millones de personas se sumergen: el equipo del colegio, de la pandilla de amigos, del barrio, de la ciudad, la selección nacional,… El fútbol desata la máxima competitividad entre los dos equipos enfrentados para conseguir el mismo objetivo: el triunfo. Pero al mismo tiempo promueve la asociación, la solidaridad y el compañerismo en cada uno de ellos. Sin estos elementos de cohesión ningún equipo derrotará al contrario. Como ningún otro evento, el fútbol es el mayor escaparate del mito de la movilidad en la escala social. Humildes niños provenientes de los suburbios más depauperados y miserables del mundo se convierten, gracias al fútbol, en los nuevos héroes modernos, en la referencia de millones de chavales que sueñan con llegar un día a ser los Messi, Ronaldo o Neymar del futuro. El negocio del fútbol Sin embargo, esta dimensión lúdica del fútbol como mayor espectáculo de masas del mundo tiene también su reverso. Distintos estudios hechos durante el Mundial de Alemania de 2006 llegaron a la conclusión de que, de ser el mundo del fútbol un país, ocuparía el lugar número 17 en el ránking de países por PIB al mover más de 500.000 millones de dólares cada año, casi la mitad del PIB español. Para hacerse una idea del interés planetario que despierta, la expectación que levanta y el impacto que tiene un Mundial de fútbol, se calcula que alrededor de 30 mil millones de personas, en forma acumulada, verán el mundial por televisión, lo que representa cinco veces la población mundial. Cada Mundial significa para la FIFA unas ganancias de más de 2.000 millones de dólares. Sólo los patrocinadores oficiales del Mundial pagan más de 500 millones por serlo. A cambio, el gobierno brasileño ha sido obligado a modificar sus leyes para permitir la venta en los estadios de bebidas alcohólicas fabricada por uno de ellos, la cervecera norteamericana Budweiser. El resto de socios y patrocinadores (Sony, Coca Cola, Hyundai, Visa, Mc Donald’s,…) están exentos de pagar los derechos aduaneros de las mercancías que introducen en Brasil para cubrir sus necesidades. Cada cuatro años, la FIFA vende cerca de 200 licencias para comercializar el merchandising del mundial que factura miles de millones de dólares. Sólo por la venta de los derechos de televisión en los distintos países recauda más de 2.500 millones de dólares. Los habituales vendedores callejeros de los alrededores de los estadios donde se disputan los partidos han sido, por exigencia de la FIFA, expulsados de ellos “por seguridad”. Ahora sólo pueden ejercer esta actividad, que da de comer a decenas de miles de familias en Brasil, quienes han podido pagar una licencia para acreditarse y vender productos autorizados. Entre estos dos extremos contradictorios, el de encarnar como pocos otros entretenimientos la dimensión lúdica de la vida y el de ser un fabuloso negocio que mueve cifras milmillonarias, se mueve el universo futbolístico. Y en ningún otro momento como en el Mundial de Brasil 2014 nos ha sido dado comprobarlo. Un país, pentacampeón del mundo que venera el fútbol y que sin embargo ha protagonizado las mayores movilizaciones nunca vistas contra la organización de un Mundial. Con un 55% de los brasileños convencidos, según una reciente encuesta, que traerá más perjuicios que beneficios para Brasil. Los datos conocidos avalan sus sospechas. Sólo el coste de las obras de construcción o remodelación de los estadios que albergarán los partidos del Mundial se ha disparado un 350% por encima de los presupuestado. La inversión inicial prevista era de 800 millones de euros, pero han acabado superando los 2.700. Una cantidad total que es superior a la que se gastó en los Mundiales de Alemania 2006 y Sudáfrica 2010 juntos. Las grandes constructoras han jugado con la necesidad del gobierno de tener acabadas a tiempo las obras para incrementar sin cesar los presupuestos. El presupuesto total de dinero público gastado en la preparación del torneo se eleva ya a 10.000 millones de euros. El mayor desembolso en la historia de las copas del mundo. Muchos de estos gastos, además, son considerados por gran parte de los brasileños como inútiles, puesto que sólo se usarán realmente a plena capacidad durante la celebración del Mundial, para caer después en el desuso. “Es la Copa de la élite, de los ricos, de la FIFA. Existen otras prioridades” reclaman los manifestantes que estas semanas y meses atrás han estado manifestándose por las calles de todo el país. Rememorando la primera medida que tomó Lula al llegar a la presidencia (liquidar las deudas con el FMI y expulsarlo del país), muchos de ellos portaban carteles y pancartas con el lema “FIFA go home”. Y no porque estén en contra de la celebración del Mundial, mucho menos de la ilusión de conquistar su sexta copa del mundo, 12 años después de que Brasil consiguiera el último de su cinco entorchados. Sino porque las protestas -en el marco de un país que ha acabado con 50 millones de pobres- son expresión de una sociedad que está viva y que anhela más democracia y una mejor redistribución de la riqueza. A . Lozano =

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