Pasolini


Solo se puede vivir a contracorriente

Pasolini toma una una posición radical por la vida, violenta para ser verdadera, y odia visceralmente al mundo burgués que todo lo corrompe y controla

        Hace exactamente cuarenta años, un 2 de noviembre de 1975, Pier Paolo Pasolini era asesinado en Ostia. Todos conmemoran la efeméride, incluso el mismo Estado italiano que vilipendió y atacó a Pasolini. El mismísimo ministro de Bienes Culturales preside la comisión que conmemora el aniversario, declarando que “Italia tiene el deber de recordar a Pasolini, de transmitir a las nuevas generaciones la actualidad de su mensaje” Pasolini le habría escupido en la cara. Recordando al ministro que “hay cosas que el sistema no puede digerir” La radicalidad de Pasolini descansa en el odio visceral hacia un mundo burgués que solo puede corromper aquello que domina. Plasmado en una Europa Occidental transformada en emblema del mundo civilizado, admirada por muchos y despreciada por Pasolini.

La mordedura del vampiro.

     A principios de agosto de 1968 Pasolini inicia sus colaboraciones en la revista Tiempo bajo el epígrafe de “El caos”. Su primer artículo es toda una declaración de principios: “A menudo hablaré con violencia contra la burguesía: más aún, será éste el tema axial de mi palabra (…) por burguesía no entiendo tanto una clase social cuanto una verdadera y precisa enfermedad. Una enfermedad altamente contagiosa: tanto es así que ha contagiado a casi todos los que la combaten: desde los obreros del norte hasta los que han emigrado del sur, los burgueses de la oposición y los solitarios (como es mi caso). El burgués -digámoslo en son de broma- es un vampiro que no descansa mientras no muerde el cuello de su víctima por el puro, natural y simple placer de ver cómo palidece, se pone triste, se deforma, pierde vitalidad, se retuerce, se corrompe, se asusta, se anega en sentimientos de culpa, se vuelve calculadora, agresiva, terrorista, igual que él”

Para Pasolini las sociedades de capitalismo desarrollado construidas sobre las ruinas de la IIª Guerra Mundial en Europa, que en los sesenta alcanzan velocidad de crucero son una auténtica cárcel que narcotiza nuestras conciencias anegándolas de mezquindad y sumisión.

Comunista, homosexual, ateo, libérrimo hasta la médula, asqueado de los prejuicios pequeño-burgueses, Pasolini es todo lo que el poder odia.

Señalando al auténtico poder.

Para Pasolini “escandalizar es un derecho, como ser escandalizados es un placer”. Pero no es ese escándalo gratuito y adocenado usado como coartada de una falsa libertad. Sino un arma política para sañalar a quienes de verdad tienen el poder.

Y esa radicalidad le condujo a la muerte. La versión oficial -empeñada en decirnos que fue asesinado por uno de sus amantes- ya no la cree nadie. Y la verdad señala cada vez con mayor claridad hacia un crimen de Estado.

En noviembre de 1974, un año antes de morir, publica un texto en Il Corriere della Sera, donde afirma conocer los nombres de los responsables de atentados fascistas como el del 12 de diciembre de 1969, en Milán, o los atentados de Brescia y Bolonia, en 1974: “Sé los nombres del grupo de poderosos que, con la ayuda de la CIA (y en segundo lugar de los coroneles griegos y la mafia), urdieron primero (aunque fracasaron miserablemente) una cruzada anticomunista para atajar el 1968 […]. Sé los nombres de quienes, entre misa y misa, dieron instrucciones y aseguraron la protección política a viejos generales (para mantener en pie, por si acaso, la organización de un posible golpe de Estado), a jóvenes neofascistas, o más bien neonazis (para crear en concreto la tensión anticomunista) y por último a criminales comunes […]

Pasolini se había atrevido a nombrar lo inombrable, a señalar en plena guerra fría los pilares de la intervención norteamericana sobre Italia y toda Europa Occidental. Y tenía la intención de revelar los detalles en una novela titulada “Petró- leo” cuya publicación se aplazó sine die a causa de su muerte.

Para Pasolini las sociedades europeas son un corrupto cenagal

Cuenta “todo el amor que siento por esas gentes sencillas y sublimes

El poder siempre brutal de la vida.

Frente a la podredumbre de lo valores burgueses, ante un capitalimo desarrollado que convierte a los individuos en cosas y a todo en mercancía, Pasolini invoca “la fuerza suprema del sexo”, las relaciones humanas más arcaicas, menos contaminadas de civilización, buscando siempre en la vida una verdad que necesariamente debe ser brutal y violenta, como todas las pasiones y deseos.

Porque para Pasolini “el último baluarte de la realidad parecían ser los cuerpos inocentes con la arcaica, oscura y vital violencia de sus órganos sexuales”

Es la “visualización total del eros” desarrollada en la “Trilogía de la vida”, integrada por “Decamerón”, “Los cuentos de Caterbury” y “Las mil y una noches”

Huyendo de la modernidad burguesa para buscar la verdad en los clásicos medievales o árabes. Escapando de la corrupta y decadente Italia para filmar en el Tercer Mundo, en la Capadocia turca para “Medea” o en Yemen para “Las mil y una noches”.

Y dirigiendo su mirada hacia los arrabales marginales y el subproletariado condenados a la exclusión por el desarrollo capitalista, pero que todavía conserva parte de una verdad robada que requiere liberarse de prejuicios para acercarse a ella.

Pasolini quiere contar “todo el amor que siento por esas gentes sencillas y sublimes”. Porque “el tipo de personas que amo, con gran diferencia, son las que no han hecho ni siquiera el bachillerato; es decir, las personas absolutamente simples. No lo digo por retórica, lo digo porque la cultura pequeñoburguesa es algo que lleva siempre a la corrupción”.

Es el Pasolini radicalmente libre y revolucionario, siempre contradictorio, insobornable, que fustiga a la moral bienpensante tanto de derechas como de izquierdas, y que se empeña en contar una verdad siempre incómoda por alto que sea el precio a pagar por ello.

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