Los misterios de El Greco


 

¿Por qué el que es considerado como “el pintor de la Contrarreforma” cautivó a todas las vanguardias artísticas, y sigue atrayéndonos y fascinando, ahora incluso más que antes?

 

De Creta a Toledo, pasando por Venecia

El Greco fue la primera figura de proyección universal de la pintura española, y uno de los grandes genios de la historia del arte.

Pero no siempre ha disfrutado de tan alta estima. Aunque en vida conquistó fama –y la admiración de gigantes como Cervantes-, hasta el siglo XIX y principios del XX era considerado por la opinión oficial como “un pintor excéntrico y marginal en la historia del arte”.

Demasiados tópicos alejan a la mayoría del fascinante universo que El Greco nos ofrece. Como aquel que nos lo presenta como un hombre religioso, que debe su éxito a la condición de propagandista de la Contrarreforma, y que por tanto está enfrentado con la modernidad.

Frente a esta visión simplista, fueron las vanguardias artísticas quienes rescataron la obra de El Greco.

Su “Laocoonte” fue toda una revelación  para los expresionistas centroeuropeos. Y Picasso estaba fascinado con “La apertura del Quinto Sello del Apocalipsis”, un greco final que contempló en el estudio parisino de Ignacio Zuloaga, y que resultó clave para el nacimiento de “Las señoritas de Aviñón”. Años más tarde, Picasso confesaría que “el cubismo tiene origen español, y yo fui su inventor”.

Permanentemente, encontramos que El Greco ha sido una referencia para aquellos pintores que buscaron una transformación de la pintura, desde el expresionismo y el cubismo hasta el surrealismo.

El tercer centenario de su muerte, en 1914, permitió su redescubrimiento en España. Y fueron los sectores más progresistas y avanzados de la cultura y la intelectualidad los principales adalides de su obra. Especialmente Manuel Bartolomé Cossío, destacado miembro de la Institución Libre de Enseñanza, que en 1908 publica una monografía sobre El Greco donde le reivindica como uno de los más grandes pintores españoles.

El cuarto centenario, que ahora se celebra abriendo lo que se ha denominado el “Año Greco”, debe servir para volver otra vez a su fascinante y compleja obra.

El Greco es antagónico a la imagen de un pintor recluido y ensimismado. Su trayectoria, desde Creta hasta Toledo, es un recorrido por las más elevadas y modernas tradiciones artísticas, que confluyen en su obra.

Nació en Creta, a medio camino entre Oriente y Occidente. Territorio ortodoxo pero entonces ocupado por Venecia. Doménikos Theotocópulos –así se llamaba El Greco- comenzará su carrera como pintor de iconos, siguiendo el estilo posbizantino, que era una continuación de la pintura tradicional, ortodoxa y griega, de iconos desde la Edad Media. Pero se formará en el humanismo que la potencia ocupante difundía.

Creta era demasiado pequeña para Doménikos, que pronto se trasladó a Venecia, uno de los principales centros renacentistas. De Tiziano y Tintoretto aprendió la poderosa capacidad de expresión del color.

Y en Roma se dejó cautivar por el manierismo que Miguel Ángel llevó a su máxima expresión. Frente a un naturalismo sosegado, los manieristas apostaban por el retorcimiento de las formas, la “furia de la figura”, como una forma de expresar emociones y conflictos.

Su llegada a España fue la culminación natural de esta trayectoria. Bajo el reinado de Felipe II, España no solo era la primera potencia mundial sino también el más importante foco cultural, que irradiaba genialidad y atraía como un imán a los mejores artistas.

Estos cuatro ríos –el posbizantinismo orientalizante, la Escuela Veneciana, el manierismo y la cultura española-, ya muy caudalosos por separado, confluirán en El Greco.

 

El Greco nació en España

Doménikos Theotocópulos nació en Creta, pero El Greco nació en España. Sin la aportación del caudal de una cultura española entonces en plena ebullición, no se habría convertido en uno de los hitos de la pintura universal.

En Toledo, guía espiritual de la Contrarreforma pero también foco artístico del Barroco inicial, encontrará el caldo de cultivo idóneo para expresarse.

Muy pronto asimilará con sorprendente rapidez las tradiciones de su país de adopción. “El caballero de la mano en el pecho”, transformado en la perfecta recreación del caballero español, está alejada del preciosismo veneciano, cautivado por los detalles innecesarios, y muy cercana a la esencialidad de la mejor pintura española.

El Greco asumirá el misticismo, que Santa Teresa o San Juan de la Cruz habían elevado, como el vehículo ideal para plasmar su poderosa mirada.

Pero lo hará con una libertad creativa y una heterodoxia que le reportarán problemas e incomprensiones.

Como cuando el espectacular Martirio de San Mauricio le alejó de la corte. La iconografía era tan irrespetuosa con las ideas de la Contrarreforma que Felipe II no pudo colgarla en la iglesia de El Escorial.

Pronto abandonará la pintura italianizante para evolucionar hacia un estilo personal caracterizado por sus figuras manieristas extraordinariamente alargadas con iluminación propia, delgadas, fantasmales, muy expresivas, en ambientes indefinidos y una gama de colores buscando los contrastes.

Como podemos comprobar en “El entierro del Conde de Orgaz”, su obra más famosa.

En sus últimos quince años, el Greco llevó la abstracción de su estilo hasta límites insospechados.

Nunca los alargamientos y los retorcimientos habían sido tan exagerados y violentos como en “La Inmaculada Concepción”, una de sus obras tardías.

Y en la “Adoración de los pastores”, una de sus últimas composiciones, encontramos un estilo final dramático y antinaturalista, intensificando los elementos artificiales e irreales.

Son obras de una intensidad extraordinaria y un poder de fascinación que cautivó a las vanguardias de los siglos XIX y el XX.

Auténticas “llamas de amor vivo”, donde El Greco traslada al lienzo el irracionalismo poético de los versificadores místicos.

Y cuanto más místico es, más moderno se vuelve el pintor de la Contrarreforma, más nos fascina y atrae.

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